La más grande de las palabras
mexicanas no tiene traducción literal pues más que una palabra es un
sentimiento. Traducirla, domesticarla y apropiarse de ella requiere tiempo y
conocimiento del alma. Además de expresar intención y estado de ánimo, la chingada
provee de identidad y patria. Cuando el extranjero adquiere los secretos y el
manejo de esta palabra con certificado de origen, adquiere la nacionalidad
mexicana, la categoría de igual y la capacidad de fuego para enfrentar a otro
mexicano.
La palabra mexicana más grande puede hacer referencia a cantidad, un chingo; a calidad, una chingoneria; al desprecio, una chingadera; a una amenaza, me los chingo a todos; a una desilusión, ya se chingo el asunto; a la derrota, ya me chingaron; a la desesperación, me lleva la chingada.
Las palabras sagradas en el
universo mexicano tienen la fuerza vital de un
joven apasionado, fluyen con el
poder que tiene la sangre en un ritual milenario, tienen la capacidad de
consagración de la mexicanidad. La chingada lleva en su fonética explosiva el
filo de la obsidiana que abre el pecho para extraer el corazón.
La palabra mexicana más grande
puede hacer referencia a la duda de paternidad: ah chinga, a poco es mío, ni se
parece a mí este bebe; también puede ser una recomendación entre amigas: no te
dejes engañar, aunque tiene cara de angelito es un chingaquedito. Puede ser una
advertencia materna: con una chingada que te este quieto o te doy otro
pellizco. Puede hacer referencia una
decepción femenina: es un chingon pero tiene una chingaderita. También puede
ser un lamento clasista: porque chingados me subí en Pantitlan, entre tanto
naco me chingaron el aifon.
Puede ser una despedida
definitiva: te me vas de puntitas a la chingada y no regreses hasta que ganemos
un mundial. Puede ser un momento para la
victimización: me agarraron a chingadazos y yo no les hice nada. Puede ser un
reclamo matrimonial a media noche: no me chingues, lo que sea que este debajo
de la cama, está roncando. También puede ser un momento para la autoayuda: no
tengo trabajo, me dejo mi novia, peso cien kilos, pero no me voy a suicidar
porque yo, yo valgo un chingo.
La palabra mexicana más grande
levanta tolvaneras, impone el silencio, eleva la presión arterial, atrae las
miradas, destruye al mundo y lo vuelve a construir. La chingada crece en todas
sus formas y advocaciones en sincronía con la intricada alma mexicana, vive
cargada de electricidad, es una herida abierta.
Con toda su grandeza expresa
nuestra historia en un grito, el grito único y sagrado de la patria: viva
México hijos de la chingada.

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